Quizá recordareis que hace unos
meses escribía yo sobre la incomunicación que sufren los supercomunicados. Digo
sufrir porque no tengo vocablo que defina porqué estar todo el santo día con un
pegote en la oreja.
Y hoy, menos. En menos de una
hora, en dos escenarios distintos he podido escuchar a gritos a dos personas de
esas que cito en el párrafo previo.
La primera, diserta, a grito
limpio, en plena plaza pública - no es un mitin, no - sobre un tema “capital”.
En sus propias palabras: “Porque el liberalismo está muerto, sí, pero muerto e
incinerado” y la conversación seguía entre las sonrisas de los abuelos sentados
en el banco vecino.
Algunas personas en su deambular vespertino, tomaban un
receso, caminando al ralentí, para poder disfrutar de la “amena” conversación.
La segunda, es… fascinante. ¿Cómo
podemos estar privados de incordiar a los compañeros de viaje en autobús de
línea mientras hacemos una retransmisión en directo del transcurso del viaje?
Pues eso es lo que pude deleitarme durante un buen rato: “Pues ahora pasamos
por…, sí, sí,… llegamos al peaje de…Ha hecho
fresco, pero después ha calentado Lorenzo y ahora parece que se ha
levantado viento, sí, sí,… Ah! mira, ahí es donde estuvimos comiendo el cordero con los primos de Mataró
el año pasado,sí, sí,…”
Y así, 40 minutos dando la tabarra al ciudadano que
vuelve a casa tras su jornada laboral. Buena forma de ir apagando el día.
Si os preguntabais de qué coño
hablan los que se acoplan la cajita a la oreja, ahí tenéis dos interesantes
ejemplos que evidencian que no usar el móvil puede ser la
causa de alguna temible patología.
¿No será que las ondas que llevan la voz de
un móvil a otro producen adicción? Tranquilos, que alguien será
postulado como candidato al IGNOBEL después de proclamar una sandez similar en
algún foro académico.
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