Hubo un tiempo en que conceptos
como urbanidad, conducta, compostura,… eran motivo de calificación escolar.
Y, generalmente, con letras MB, B,
R, M, MM, el maestroscuela, posteriormente profesor de EGB, dejaba escrito en el
boletín escolar su valoración del nivel de seguimiento de esos aspectos con impacto
en la relación social por parte del alumno.
Era un modo paralelo de preparar
la validez total del viejo refrán que dice Buen porte y buenos modales, abren
puertas principales.
Pero… ¡cómo han cambiado los
buenos modales a través de los años!, y no sólo en el aspecto de la cortesía,
sino en la presencia y en el boato que ofrecemos en los círculos sociales en
que nos movemos y también en la imagen que ofrecemos a los demás en cuanto a
gestos y actitudes, al hablar, al caminar, en la mesa del restaurante, en el
aula,…
Y es que, solventado por muchos
progenitores el problema de educar a los hijos mediante delegación de ese rol a
los profesores con el subterfugio de que “Los impuestos que pago ya cubren esas materias.
Que me lo devuelvan sabido”.
El resultado es que algunas de
las entrevistas de trabajo con personas “sabidas”
en que participé, me resultaron lamentables: el entrevistado no habla, sólo
espera pregunta - principalmente, de respuesta SI/NO -, y si habla, grita; se mete un dedo y lo gira en
la oreja; se rasca la cabeza; usa un lenguaje cutre; su cansado cuerpo se
ofrece tumbado - ni apoyado en el respaldo, ni sentado en el borde - en la
silla, etc...
Para olvidar es el cómo se presentan:
“Hola, tío", "Qué hay, tío?”
Y mirar ademanes en la calle
y zonas de paseo, da grima. Y eso sin escribir nada sobre el porte y las maneras de caminar.
¡Dios mío, adónde hemos llegado!.